Desde el lunes 13 de julio, la cara de la calle Miguel Lillo al 300 viene cambiando. La Municipalidad de San Miguel de Tucumán avanza con las obras del futuro Paseo Ciudadela y decidió extraer ocho tipas blancas de la zona. La medida encendió una discusión que ya se trasladó de la vereda a las redes sociales, con el municipio defendiendo la accesibilidad y los ambientalistas advirtiendo sobre lo que se pierde.
Qué es el Paseo Ciudadela y qué obras se están haciendo
El proyecto contempla una intervención integral en el histórico barrio. La idea del municipio es renovar por completo las aceras y construir rampas para mejorar la accesibilidad de los vecinos, sobre todo de personas con movilidad reducida, adultos mayores y quienes circulan con cochecitos.
Los trabajos ya están en marcha y, según las estimaciones oficiales, la remodelación y la posterior reforestación van a extenderse por un plazo aproximado de un mes. El punto que generó ruido no es la vereda nueva ni las rampas: es la decisión de sacar ocho ejemplares de tipa blanca que estaban plantados sobre esa cuadra.
El argumento del municipio: raíces que rompen veredas
Desde la gestión que encabeza Rossana Chahla explicaron que las raíces de esas tipas provocaron daños severos en la infraestructura de la vereda. El planteo técnico es conocido para cualquiera que camine por la capital tucumana: se trata de una especie de gran porte cuyas raíces necesitan mucho espacio y que, cuando se planta en lugares inadecuados, termina levantando el pavimento peatonal.
El municipio también salió a aclarar que no habrá menos árboles en la zona, sino más. El plan contempla plantar 39 nuevos ejemplares, con dos especies elegidas por su compatibilidad con el ancho de esas veredas: lapachos amarillos y arrayanes. En números fríos, la ecuación es de ocho extracciones contra 39 plantaciones.
Como respaldo de su política ambiental, desde la Intendencia remarcaron que en lo que va de la actual gestión ya se plantaron más de 7.200 árboles en toda la ciudad, con el objetivo declarado de construir una capital más verde y segura.
La contracara: «los nuevos arbolitos tardarán 30 o 40 años»
El anuncio no cayó bien en los sectores ambientalistas. Una de las voces más críticas fue la de la influencer conocida en redes como «@lachicadelosarboles», que cuestionó de lleno la lógica de la obra. Según su planteo, la decisión responde a una mentalidad retrógrada que prioriza el suelo por encima de la vida vegetal.
Su argumento central apunta al factor tiempo. Las tipas son una especie autóctona y los beneficios ambientales que aportan hoy —sombra, absorción de dióxido de carbono, regulación de la temperatura, retención de agua de lluvia— no se reemplazan de un día para el otro. «Los nuevos arbolitos tardarán 30 o 40 años en lograr lo mismo», advirtió.
Es un punto que la discusión técnica sobre arbolado urbano suele subrayar: un árbol maduro y uno recién plantado no son intercambiables en términos de servicios ecosistémicos. Un ejemplar adulto puede interceptar varias veces más agua de lluvia y generar mucha más superficie de sombra que un plantín, y esa brecha se cierra recién después de décadas.
¿Había otra opción? La alternativa que proponen
Desde el sector crítico también se planteó una salida intermedia. La propuesta pasa por adaptar el diseño de las nuevas veredas para darle más lugar a las raíces, en lugar de retirar los árboles. El ejemplo que se citó es el manejo que se hace con las tipas de la Avenida 9 de Julio en la Ciudad de Buenos Aires, donde se ampliaron las cazuelas y se rediseñó el espacio peatonal alrededor del arbolado existente.
Para estos sectores, la medida municipal aparece más como un capricho o como una falta de conocimiento técnico sobre el valor del arbolado consolidado que como una necesidad ineludible de la obra.
Un debate que se repite en toda la capital
La discusión por las tipas de Miguel Lillo no es un caso aislado. En San Miguel de Tucumán, la convivencia entre el arbolado histórico y la infraestructura urbana es una tensión permanente: veredas rotas, cañerías comprometidas, cables enredados en las copas y podas cuestionadas aparecen cada tanto en la agenda pública.
El fondo del asunto es cómo se planifica. La mayoría de los conflictos actuales vienen de decisiones tomadas hace cincuenta o sesenta años, cuando se plantaron especies de gran porte en veredas angostas sin prever lo que iba a pasar. La pregunta que sobrevuela el caso del Paseo Ciudadela es si la respuesta debe ser retirar y reemplazar, o rediseñar el espacio alrededor de lo que ya está.
Mientras tanto, las máquinas siguen trabajando sobre Miguel Lillo y el resultado final va a poder verse en aproximadamente un mes.









